Corsos de Puerto Rico

Corsos de Puerto Rico

Asociación de Corsos de Puerto Rico

Corsos de Puerto Rico RSS Feed
 
 
 
 

Historia de un migrante corso

Por: J. L. A. Passalacqua (1)

El camino ha sido largo. Aquí me encuentro en la Isla danesa de Santo Tomás esperando el balandro de Antonetty que nos llevará a Puerto Rico. ¡Quién me lo hubiera dicho! ¡Yo en América! Los últimos meses han sido una pesadilla. La guerra, el desfile fastuoso, los vítores del Pueblo, la batalla, las derrotas, la debacle en Sedán, el alzamiento en París, la Francia bajo la bota prusiana, la proscripción, la marcha hacia el Sur, la rendición, el exilio, … todo ha sido tan acelerado que aún no acierto a organizar en mi mente los acontecimientos sobrevenidos. Ahora, mientras espero la hora de partir hacia la Isla española, quisiera en esta Isla danesa ordenar el revoltijo de mis remembranzas, de mi vida, de los últimos ocho meses.

Si. Hace apenas ocho meses me recibí, junto con mi primo hermano Andrés, como teniente de caballería, de la Academia militar de Saint Cyr. Mi familia había sido tradicionalmente opositora a las pretensiones de los Bonaparte desde que éstos se separaron del movimiento Paolista en 1769. Un siglo más tarde, a pesar de tener una familia opuesta a las ambiciones de Luis Napoleón Bonaparte, estudié en la Academia con una beca imperial, mientras que mi tío Antonio (cuyo nombre yo también llevo) tronaba desde su exilio en Londres contra la ambición desmedida de Napoleón el Pequeño.

Mi hermano mayor Luis, ya había emprendido el camino hacia el exilio cinco años antes. Había participado con las tropas imperiales en la aventura mexicana iniciada en 1863. Apenas regresó a Córcega, cometió la imprudencia de criticar acerbamente en la prensa de Bastia, la política de Bonaparte. Esto le valió una condena por delito de prensa. Fue el primero en la familia a dirigirse a Puerto Rico  donde ya hacía mucho tiempo que un amigo de su abuelo, Vincensiu Antonetty, se había instalado.

Las predicciones de Luis se vieron tristemente confirmadas en el fusilamiento de Maximiliano en 1867. El desastre mexicano portó el descrédito sobre el imperio francés de Napoleón III. Éste buscaba por todos los medios posibles recobrar la gloria perdida y establecer su hegemonía en Europa. Las ambiciones de Bonaparte chocaron con las ambiciones de Bismarck. Desde la derrota austriaca a manos de Prusia en 1866, uno y otro buscaba la excusa para hacerse la guerra. Esta se dio con l pretensión de un Hohenzollern al trono vacante de España. Si bien fue retirada la candidatura ésta sirvió a Bonaparte de pretexto para declararle la guerra a Prusia el 19 de julio de 1870 (unos días después de mi recepción), declaración que fue celebrada por las Cámaras legislativas y ovacionada por el populacho parisino.

¡Con cuanta emoción salimos de París las tropas de Napoleón III, Emperador de los franceses! Íbamos seguros de derrotar fácilmente la coalición alemana de Guillermo Rey de Prusia. ¡Cómo nos vitoreaba el pueblo! ¡Vive l’Empereur! ¡Vive la France! ¡À la Victoire! ¿La victoria?, más bien la debacle. Perdimos una batalla tras otra: Wissemburgo, Woerth, Reichsoffen, Frossard, Beaumont, Rémilly, Sedán. Para esta última yo estaba destacado a la defensa de París.

La noticia de la derrota de Sedán y la capitulación de Bonaparte el 2 de septiembre fue un rayo que fulminó a los franceses. Los vítores de ayer se convirtieron en execraciones. Mientras el ejército trataba de preparar la defensa de la ciudad, los parisinos pedían a gritos la caída del Imperio. Se decía que tío Antonio había regresado a Francia y que se encontraría con Andrés y yo en París. El desorden era completo. Para colmo, los diputados que se encontraban en París habían proclamado la República el 4 de septiembre, con el General Trochu a la cabeza de un gobierno de Defensa Nacional capitaneado por Gambetta. Éstos inmediatamente comenzaron a negociar la paz con los prusianos, mientras nosotros, fieles a nuestro juramento militar, tratábamos de organizar la defensa de la ciudad de las Luces.

Todo era confusión. El ejército había jurado fidelidad al Gobierno imperial; Trochu exigía un nuevo juramento al Gobierno de Defensa Nacional. El asedio de París estaba por comenzar. No se habían tomado las medidas militares para resistirlo con éxito. Se nos amenazaba con proscripción si no jurábamos. Ni Andrés ni yo nos sentíamos con ánimos de jurar fidelidad a un Gobierno cuya legitimidad era por lo menos dudosa.

Así las cosas, después de haber discutido el asunto con Andrés, decidimos unirnos a un grupo de militares fieles al Imperio que se replegaba hacia el Sur de Francia donde esperaba integrarse con el ejército leal de Orléans. El progreso de los prusianos avanzaba irremisiblemente. Logramos vencerlos momentáneamente en Orléans. La victoria fue pírrica. Pronto nos vimos obligados a retroceder más allá de Tours. El ejército estaba casi en desbandada. El mío había sido rendido al Príncipe Federico Carlos de Prusia. Andrés y yo pudimos escapar hasta Marsella.

En esta ciudad portuaria nos vimos confrontados con dos alternativas: regresar a Córcega, o, buscar asilo en Martinica.

Regresar a Córcega, ¿para qué? La Isla había sido económicamente abandonada y políticamente entregada a los clanes desde la primera capitulación de Paoli en 1769 y más todavía después de la segunda en 1795. La identificación de Napoleón I con la Isla resultó en que se nos tratara con más abandono y dureza bajo la Restauración. Solo con Luis Napoleón empezó a mejorar algo la situación de la Isla y de su población. Y ahora, ¿qué nos espera?

En América, las cosas podrían ser distintas. En Martinica aún existía un ejército fiel al Emperador. Desde esa Isla veríamos que giro tomaba el Gobierno de Defensa Nacional. Si éste no era saludable, nos iríamos a Puerto Rico donde mi hermano Luis ya había establecido un pequeño negocio de mercería, y había contraído matrimonio con Selene, hija de un terrateniente corso emigrado a principios de siglo por su oposición al primer Bonaparte.

Tomada la decisión de ir a Martinica, envié a mi madre con un pariente, la Medalla Militar y la Legión de Honor, que el Imperio de la primera y la República de la segunda, me habían conferido. Junto a Andrés zarpamos rumbo a América. Apenas teníamos dinero para pagar el pasaje; pero, a los diez y seis años uno se adapta bastante a las incomodidades. Ya la campaña y el campo de batalla nos había enseñado mucho, los próximos dos meses en la mar nos enseñaron más.

No fue hasta marzo que llegamos a Martinica. Justo al tiempo, recibimos los detalles del desgraciado armisticio del 28 de enero que cedía una parte considerable del territorio Nacional al recién constituido Reich Alemán. Peor aún, las noticias que llegaban de Francia indicaban que Thiers, enemigo acérrimo de los corsos había sido nombrado Presidente de la República. La Francia se encontraba en medio de una guerra civil. El 4 de marzo de 1871 Georges Clemenceau propuso a la Asamblea Nacional que se excluyera a la Córcega de la República Francesa.

En Martinica pude ganar el sustento para mí y Andrés dando exhibiciones de billar de carambolas. Este es un juego de mucha afición entre la oficialidad. Desde la época de Luis XIV era el juego de salón preferido de los Reyes franceses, y luego de Emperadores y Presidentes. También ganaba bastante con desafíos personales. Así esperamos mejores vientos. Lo que llegó fue una ventisca a guisa del Tratado Francfort y la confirmación del Gobierno de Thiers. La tercera República era un hecho.

De Tío Antonio no teníamos noticias. Juan Bautista, mi hermano que había permanecido en Córcega, nos comunicó que la situación en Córcega, tanto económica como política era muy poco propicia. Otro hermano nuestro, Agustín, había emigrado para México o Venezuela. Ante esa situación Andrés y yo decidimos probar fortuna en Puerto Rico.

El balandro de Pietri nos trajo hasta Santo Tomás. Ahora esperamos la llegada de Puerto Rico de una balandra que capitaneada por Antonetty o por Semidey nos llevareia a Salinas y de ahí iríamos por tierra hasta Coamo y el hogar de Luis, mi hermano.

Las esperanzas de que algún día podamos regresar a la Córcega son nulas. Surge del pecho a mis labios el lamento que durante tantos años ha significado la realidad y la dureza del exilio:

O barbara fortuna, sorte ingrata
A tutti ci ammulisce il cor in Petru
Pensendu à quella libertà paseata.

E pur ghjunse quel ghjornu, il dì funestu
D’abbandunà piacè pe li turmenta,
O Diu! Chi tritu ghjornu, hè per me questu.

Addiu Corsica, Madre tantu amatu,
Nel separar di te senza ritornu
O chi dulor nell’alma scunsulata. (2)

Siempre retendré mi ciudadanía francesa por si algún día puedo regresar. La suerte me echa de mi tierra. Desde América no me será fácil regresar. Dejo mi Tierra, mi Madre, mis hermanas, nuestras tradiciones. No volveré a escuchar los suaves acentos de mi lengua corsa, ni el susurro acariciador del canto de Vanina.

¡O Vanì! ¿qué será de ti? ¿Qué será de nuestros sueños? Sé que mi retrato será junto a la muralla de tu alcoba. No me olvides. El tuyo lo llevo junto al corazón.

U to rittrattu,, nantu u mo core
stringhe a cannèlla cum’è a tanaglia
di quessi ch’ùn si po scurdà.

¿Cuándo podré traerte a la tierra puertorriqueña? Primero debo hacer fortuna, entonces te podré traer. ¿Me esperarás? ¿Nos separarán las Parcas para siempre?

La dumenica la mane
Piazza Santa Margherita
Quandu t’affacavi tù
Si spannava la me vita
Tutta tristezza passava
Ogni pena era finita.
Un’ ti ne ricordi più
Alla funtana dill’onda
Ti parlavu à pettu à pettu
O la me capelli bionda
A mi me parii bella
Ancu più che la Gioconda. (3)

¡O mi Terruño Corso! ¿Cuándo te veré de nuevo? Tu suerte es la Francia. Aunque sea así, la Córcega siempre será corsa. Los corsos siempre serán corsos, y a orgullo.

Quandi a terra move
Sott’a la sciappittana
Di Corsica luntana
Mi vogliu avvicinà
Sentu chi l’aria trema
Ch’ellu mughja lu mare
Avà si chi mi pare
Stu ventu girerà
Issa terra hè la Nostra
Nissan ci po pretende
Oramai un n’hè a vende
Un vale à pattighjà. (4)

Hoy lejos de mi tierra me apresto a alejarme más yendo a Puerto Rico. El hado que me ha traído a esta Isla danesa, me empuja hacia una Isla española. En ésta, como se ha hecho con mi hermano Luis, en virtud de la Cédula de Gracias, el gobierno español de la Isla nos acogerá con beneplácito. La dureza con que trata a los criollos no será para nosotros. El levantamiento de hace dos años en Lares sembró la desconfianza entre los españolas hacia los criollos. A pesar de Paoli, Pietri y Bracetti, no han descubierto cuán extensa era la participación corsa. Menos mal. Si bien Luis simpatizaba, escapó de la sospecha y no quedó comprometido.

¡Una vela! ¡Es una balandra, la que espero y desespero! Al acercarse se cruza con una nave que se dirige a Europa.

Un batellu chi passa
Pianu, pianu quallà
Poi doppu si sfassa
Nant’a l’immensità
Cosa è stu dulore
Chi mi face pensà
E lu miu tintu corre
Si mett’a suspirà. (5)

Pronto estaremos en Puerto Rico. El futuro nos llama. El pasado no se olvida.

FIN Y PRINCIPIO.

________________________________________________________________________

(1) Narración ficticia basada en hecho históricos.

(2) Lamento tradicional.

O bárbara fortuna suerte ingrata
a todos se nos congela el corazón en el pecho
pensando en la libertad perdida.
Ahora se acerca el día funesto
De abandonar la paz por los tormentos
O Dios, que día triste es éste para mí.
Adiós, Córcega, Madre tan querida
Al separarme de ti sin retorno
O qué dolor en alma desconsolada.

(3) Canción tradicional.

El domingo por la mañana
Plaza de santa Margarita
Cuando tú te acercabas
Se serenaba mi vida
Toda tristeza pasaba
Cualquier pena terminaba.
Te recuerdo siempre
En la fuente de las ondas
Te hablaba con el pecho abierto
Mi pelirrubia
A mí me parecía bella
Aún más que la Gioconda.

(4) Ghjaccumu Fussina.

Cuando la tierra se mueve
Bajo el sol candente
De la Córcega lejana
Me siento más próximo.
Siento que aire tiembla
que la mar brama
ahora me parece
que este viento cambiará.
Esta tierra es la nuestra
nadie la puede pretender
jamás nadie la ha vendido
tampoco se divide.

(5) Marfisi.

Un barco que pasa
Suavemente por allá
después desaparece
en la inmensidad
qué es este dolor
que me hace pensar
y mi pobre corazón
se pone a suspirar.

One Response to “Historia de un migrante corso”

  1. 1
    julia m e:

    Esto se parece mucho a los sentimientos de los Puertorriquenos que salimos de la isla para los E.U. cuando P.R. era pobre.

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.

¡Bienvenid@!

Déjanos saber tus impresiones sobre nuestro foro, en nuestro libro de visitas. Tu opinión y comentarios nos servirán para mejorarlo contínuamente.

Libro de Visitas

Previous Next All
Latest on Sun, 10:02 pm

Edward F. Giusti: Soy nativo de Ponce, Puerto Rico, de la familia Giusti. He estado viviendo en los EU desde el ano 1974.Estoy buscando informacion de mi familia [...]

Eugenio Luis Colon Vicenty: ¿Quién tiene datos genealógicos de la familia VINCENTY-VICENTY-VICENTI-VINCENTI de Mayagüez?

lali: Hola: Sugiero que eliminen las noticias de 2009 y actualicen con lo que ha sucedido y planeamos que suceda en 2010.

Antomarchi: Bonjour Je suis journaliste à Montréal, et Présidente de l'Association des Corses et Amis des Corses du Canada, située à Montréal; je souhaiterais entrer en [...]

pedro enrique: Saludos desde España. Mis felicitaciones por vuestra Asociacion y por vuestra pagina web.

» Deja tu comentario




Eventos

  • Events are coming soon, stay tuned!

Login

Estadísticas de visitas