A mi querido y buen amigo don Juan Masini, inspirador de este cuento.
En una Isla inmortal del viejo mundo, existió una familia de cuatro hermanos, cuyos padres habían muerto, dejándoles una pequeña herencia, que se dividió entre ellos. El varón liquidó su pequeño haber, y se marchó a América, en donde, después de algunos años de trabajo con buena suerte, se hizo de una envidiable fortuna. Algo de filósofo, pensó a su regreso a Europa dar una sorpresa a sus tres hermanas. Por mediación de un amigo de confianza, se hizo comprar una hermosa casa amueblada como un palacio, y se presentó a sus hermanas con un traje roído por lo viejo, un sombrero ordinario y zapatos de bastante uso.
Alegó ante las dos mayores, que la suerte le había sido adversa, que si era cierto que algunas veces había podido adquirido algunos bienes, las revoluciones habían hecho fracasar sus propósitos y le habían traído la ruina. Así, les pidió albergue y un pedazo de pan, en tanto él pudiera emplearse en algo que le pusiera en condiciones de ganarse la vida. Estas les contestaron, que sentían mucho y lamentaban su precaria situación, pero que ellas no podían albergarle ni ofrecerles su pan, porque sus rentas eran limitadas, y no les daban para todas sus necesidades.
Entonces nuestro hombre acudió a la más joven en demanda de auxilio. Ésta le recibió con los brazos abiertos, como suele decirse.
– Mi casa es pequeña, le dijo, pero lo suficientemente grande para albergarte a ti que eres mi hermano. Mientras encuentras trabajo, partiremos nuestro pan.
– Muy bien hermana mía. Mañana vendré con mi modesta maleta y te seré lo menos perjudicial posible.
Se despidió de ella con un fuerte abrazo, y al día siguiente se le presentó transformado en un perfecto caballero; descendió de un lujoso automóvil, y se dirigió a su hermana que lo contemplaba absorta.
– Hermana mía. Lo de ayer era una comedia. Lo de hoy es una tangible realidad. He comprado un palacio, y vamos a compartir ahora todas las comodidades que nos brinda la fortuna. Ayer tú me dabas la mitad de tu pobre casita, y la mitad de tus frugales alimentos. Hoy te doy yo todo mi palacio, y una mesa rica de sabrosos manjares.
– Mis otras hermanas me cerraron ayer las puertas de su corazón. No obstante, si mañana necesitan de mí, hallarán abiertas las de mi palacio.
La historia no dice si aquellos dos seres excepcionales, porque la mujer es siempre fuente de amor y madera de sacrificios, necesitaron más tarde el favor de su hermana. Pero nos enseña que tras un hábito pobre puede albergarse un corazón rico, y que el mérito de un favor al necesitado, está por encima de todas las riquezas.
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Publicado en Juan Masini, et al. Historia Ilustrada de Yauco (Yauco: Yauco Printing Co., 1924).

Mayo 4th, 2010 at 9:18 am
Historia Bonita;
Mujer que observo los principios morales de una educación cristiana y la impreso en el primer nivel de su corazón.